Alforjas

Nuestro primer viaje con alforjas coincidió con nuestro primer viaje cicloturista. Hicimos el Camino de Santiago y recuerdo la sensación de libertad que te produce llevar contigo todo lo necesario, no tener obligación de llegar a un punto concreto, ser como Forrest Gump y empezar sin saber cuándo acabar.

Con el tiempo hemos hecho muchos viajes con alforjas, y a pesar del peso extra que mueves, una vez te pones en marcha la diferencia de velocidad debido a las alforjas no es determinante para el disfrute del viaje.

Cuando hicimos la Transpirenáica notábamos más el exceso de equipaje por los comentarios de los demás ciclistas diciéndonos que llevábamos mucho peso, que por las propias alforjas. Tal vez debimos haber llevado menos cosas, pero siempre he pensado que algunas de las subidas que hicimos no las hubiera podido hacer de no ser por las alforjas, ya que en caso contrario hubiera derrapado.

El verano pasado decidimos irnos a Suiza y por primera vez contratar el traslado de equipaje (de eso hablaremos en la próxima entrada) con lo cual ya no llevábamos alforjas. Así, pasara lo que pasara, cada día había que llegar a la siguiente población de destino donde nos esperaba el equipaje. Por otra parte tengo que reconocer que el haberlo hecho con alforjas hubiera sido un suicidio, porque en Suiza, aunque la mayoría de los caminos ya están asfaltados, los puertos son largos y con bastante desnivel. En esa ocasión me alegré por la opción elegida.

De todas formas, pese al esfuerzo extra que tienes que hacer y las muchas veces que lo pasas mal pensando que no llegas al final, siempre he disfrutado de manera diferente los viajes con alforjas. Como si fueran más pausados y el hecho de no tener la obligación de llegar a un destino concreto (aunque en realidad tengas reservado todos los hoteles) te hicieran disfrutar más de lo estupendo que es realizar un viaje en bicicleta.

Cemento y vallas

En una entrada anterior hablábamos de lo difícil que resulta escapar de los restos de la civilización cuando te adentras en el monte. Por el contrario, no es tan complicado escapar de ella si llevas un móvil encima, pero de eso hablaremos otro día.

Retomando el tema de los restos humanos que te puedes encontrar en medio del monte, hay dos elementos especialmente dolorosos a mi parecer: caminos cementados y montes vallados. Respecto de los primeros hay que reconocer que todos los amantes de la bicicleta de montaña hemos agradecido, en alguna ocasión, que esa pista con fuerte pendiente y suelo descarnado por la lluvia estuviera cementada. Es cierto que eso nos ha permitido salvar la pendiente sin bajarnos de la bicicleta. Sin embargo, si tengo que elegir, preferiría que no se abusara de esta práctica que acerca el monte a la civilización y lo pone en peligro. Tengo la sensación que cada vez se hace mayor uso de ella. En ocasiones está justificado: facilitar el acceso a los puestos de observación desde donde se vigilan nuestros bosques. Pero en muchas otras ocasiones sólo se busca facilitar el tránsito por la montaña, como si del acceso a un centro comercial se tratara. El monte no es la ciudad, el que busque su comodidad, que se quede en ella.

Los montes vallados. Para el común de los mortales resulta difícil imaginar que un monte pueda pertenecer a un particular. Admitamos que toda la vida fue así y, por tanto, ¿cómo no lo van a tener ahora? Pero que tengan dueño no quiere decir que se le ponga una valla y se impida su paso como si de un chalet se tratara. ¡Cuántas veces hemos tenido que rediseñar nuestra etapa sobre la marcha al toparnos con una valla en medio del monte! ¿Y qué ocurre con la fauna allí encarcelada? ¿Le concederán la libertad condicional en algún momento? No sé qué es lo que motiva a vallar el monte, pero cualquiera que sea la excusa deprecia el valor de viajar sin rumbo.

No es fácil dejar atrás la civilización.

Más bicicletas, menos accidentes

Es probable que la mayoría de la gente no lo crea, aunque les enseñéis estudios y datos que así lo demuestran, pero lo cierto es que cuanto más ciclistas en las ciudades menos accidentes. La razón no está en que al aumentar el número de ciclistas urbanos se legisle (a favor o en contra) ni que se mejoren algunas infraestructuras para proteger al ciclista. La razón está en que al incrementarse de manera notable el número de ciclistas, los conductores de vehículos motorizados modifican su conducta frente a los ciclistas al no verlos como unos extraños, lo que finalmente incrementa el respeto hacia ellos.
Esto viene a ratificar una de las ideas que ya hemos apuntado en otras ocasiones en nuestro blog: es necesario crear una cultura de la bicicleta urbana que vaya más allá de medidas populistas, aisladas, incoherentes y sin un objetivo claro.
Una pregunta para la reflexión: ¿esto sería extrapolable a las carreteras? ¿más ciclistas por las carreteras nos llevaría a menos accidentes? ¿cómo crear una cultura de la bicicleta por el asfalto?

Desempleo, bici y esperanza

Ayer se publicó la encuesta de población activa (EPA) con el triste record histórico de parados en nuestro país, rozando los 4.700.000 Con estos datos resulta difícil no tropezar con un parado allí por donde vas.

Hoy hemos hecho una ruta cerca de casa con las híbridas, el pronóstico del tiempo no permitía grandes planes. A mitad de recorrido hemos coincidido con otro ciclista en lo alto de un puerto. Tras intercambiar algunas palabras, el hombre nos ha comentado que tiene previsto viajar en bici desde Valencia a Santiago de Compostela el próximo mes de marzo, añadiendo a continuación: voy a aprovechar, ahora que estoy en paro. Ante el anuncio hemos tratado de responder con naturalidad, pero sabes que no va a tener fácil dejar las listas del INEM, por la coyuntura y por su edad.

Sin embargo, en el fondo había algo en él que invitaba a cierto optimismo, o, al menos, no al derrotismo que una situación como esa puede acarrear. Es una persona que se ha marcado un nuevo objetivo, realizar una larga ruta en bicicleta, que no le solucionará el problema del desempleo, pero que le permitirá seguir adelante y mantener su autoestima (ese bien tan preciado cuando estás en paro). Podría haber sido otro el reto, pero en su caso la bicicleta se ha convertido en ese clavo donde aferrarse y continuar adelante. En definitiva, un símbolo de esperanza.

Le deseamos suerte en su aventura ciclista y una corta estancia en la listas del INEM.