El puerto de inflexión #bikehistorias

Puerto de inflexión

¿Cuántos hechos en la vida de una persona son cruciales para su devenir? Las biografías son la suma casi infinita de pequeños acontecimientos cotidianos. Sin embargo, algunas personas identifican perfectamente algún hito transcendente que marcaron sus vidas. En el caso de Marc, aquel puerto que Ruth y él no tenían previsto ascender salvó su matrimonio.

Las cosas no marchaban bien últimamente. Durante las últimas semanas su relación había alcanzado el estadio de los silencios incómodos, ese donde el temor a decir palabras que se puedan malinterpretar pesa más que el deseo de hablar con total sinceridad. Hay un momento en las relaciones de pareja donde uno cree saber lo que el otro piensa y se calla palabras apropiadas, y el otro al no escuchar esas palabras termina pensando lo que el otro creía que pensaba. Se acaba construyendo la realidad que se quiere evitar.

La mañana era limpia y luminosa. La primavera invitaba a vestirse de corto y rodar por carreteras tranquilas. No tenían planes para aquella mañana de sábado, ya no hacían planes por temor a incomodar al otro. Tras tomar el desayuno, Marc dio un paso al frente.
– Salimos a rodar un rato.
Ella se encogió de hombros. Al instante supo que era la peor respuesta que podía ofrecer; dejaba la situación en punto muerto. Entones reaccionó.
– De acuerdo. Podemos ponernos el equipo blanco.
A él no le gustaba demasiado, sobre todo el culotte. Pero a ella le encantaba. Así que accedió.

Durante la primera hora rodaron sin rumbo fijo y sin mediar palabra. A veces circulaban en paralelo, a veces en fila. Una ligera brisa refrescaba sus cuerpos meditativos. Se cruzaron las primeras palabras para ver cómo iba el otro. Los dos coincidieron en que se encontraban bien. El ritmo no era intenso.

Se acercaban al pie del puerto. Ninguno pensaba incluir la ascensión en la ruta, eso significaría alargarla en exceso. Sin embargo, al llegar al cruce ambos se miraron y sin mediar palabra se desviaron hacia la subida. Desde el principio ella se puso a rueda de él. El ritmo todavía era cómodo para ambos. Él no quería sacarla de rueda, no deseaba que ella lo interpretara como una acción hostil. Pero a mitad puerto ella le indicó que apretara. La miró con un leve giro de su cabeza. Ella parecía sonreír. Incrementó el ritmo.

Pasaron el tramo más exigente y ella continuaba a rueda. Cuando la carretera contuvo su desnivel ella le adelantó. No fue un ataque seco, no pretendía dejarlo atrás. Solo se sentía con fuerzas para incrementar el ritmo. Cuando estaba a la altura de él, sus labios esbozaron una tenue sonrisa. Marc le animó y continuó a rueda con sorpresa y más esfuerzo del que esperaba.

Alcanzaron la cima. Las pulsaciones de los dos eran intensas y el sudor empapaba sus maillots. Él se quito sus gafas y ella respondió con el mismo gesto. Se sonrieron. Seguían en silencio, pero ahora no resultaba incómodo. Descansaron en el bar que había en lo alto del puerto mientras él tomaba un refresco y ella un café con leche. El día continuaba igual de luminoso. Apenas cruzaron palabras mientras dejaban que el sol calentara sus músculos. Cuando él se levantó a pagar se acercó a ella y la besó en la mejilla, cerca de la comisura de sus labios. Ella alzó su mano y acarició el antebrazo de él mientras se alejaba hacia el interior del bar. Sus dedos recorrieron su brazo y luego su mano y luego sus dedos hasta sus yemas. Él regresó y los dos sonrieron de nuevo. Subieron a las bicicletas y comenzaron a descender. Lo hicieron por la otra cara de la montaña, por donde la ruta a casa era más larga. Ninguno deseaba que aquel momento terminara nunca.

Mientras regresaban las palabras volvieron a fluir entre ellos. Después hicieron el amor en la ducha. El telón transparente que los separaba desde hacía semanas desapareció. Ninguno supo cómo ni por qué.

Años más tarde Marc continuaba convencido de que aquella ascensión cambió algo. Solo fue un click que los volvió a unir. Aquel puerto marcó el punto de inflexión de una situación envenenada. En ocasiones la vida resulta demasiado extraña para comprenderla.

 

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