La bicicleta y el resto de la vida #bikehistorias

La bici y la vida

Había comprado unos calabacines para preparar un plato de pasta que había aprendido de su abuela. Era un plato sencillo de preparar. También había comprado algo de fruta con la que preparar una macedonia. Todavía no podía creer que ella hubiera aceptado su invitación. Eso le ponía más nervioso aún. Mientras pedaleaba camino de casa pensaba en ella.

Cuando llegó a la finca donde vivía, introdujo la bicicleta en el portal, la apoyó debajo de los buzones, comprobó si tenía algo de correo y comenzó a subir raudo las escaleras hasta la cuarta planta donde estaba su piso de alquiler.

Aquella mañana había aseado la casa, limpiado el cuarto de baño, cambiado las sábanas (aunque no esperaba que pasara nada en la primera cita) y seleccionado algunos CDs con la música que sonaría mientras ella estuviera allí.

Cuando el agua para la pasta hervía con fuerza y los calabacines se hacían a fuego lento, el timbre sonó. Abrió la puerta y allí estaba ella, con una botella de vino en la mano, una sonrisa en sus labios y aquellos alegres ojos que le habían cautivado desde el principio. Mientras la hacía pasar recordó que había dejado la bicicleta en el portal. Olvidó guardarla en la antigua casa del conserje que ahora los vecinos utilizaban de trastero para guardar algunos objetos, como bicicletas o carritos para niños, y evitar así tener que cargar con ellos por las escaleras.

-¿Tu bici es la que está en el portal? -Preguntó ella-.
-Sí, no te preocupes, no pasará nada. -Respondió él mientras pensaba que debería bajar a guardarla. Sin embargo, continuó cocinando.

Mientras terminaba de preparar la comida, abrieron la botella de vino. Estaba muy rico. Ella preparó la mesa. Él volvió a recordar que tenía que bajar a guardar la bici. Antes de servir los platos bajo en un momento y la guardo, pensó. Comenzaron a comer. La conversación fluía con facilidad. Ella sonreía y él estaba pendiente de que todo fuese perfecto. Tras los postres volvió a recordar que la bici seguía allí abajo sin ninguna protección.

-No pasará nada. No voy a dejarla sola por una estúpida bici. -Se dijo. La bicicleta apenas tenía tres meses y había necesitado el doble de tiempo para ahorrar suficiente dinero para adquirirla.

La sobremesa se alargó mientras la música sonaba suavemente. Avanzada la tarde, ella dijo que debía marcharse. Había quedado con unas amigas. Bajo el umbral de la puerta se despidieron.

-Lo he pasado muy bien. -Dijo ella.
-Yo también. -Respondió escuetamente él.
-Podríamos quedar otro día, si te parece.
-Claro.

Entonces, al ver que él no se decidía, ella se acercó y le besó en los labios, al tiempo que acariciaba su mejilla. Nos llamamos para otro día. Dijo ella mientras se daba la vuelta y comenzaba a bajar por las escaleras. Él le sonrió mientras le decía que sí con un gesto de la cabeza. Cuando escuchó que la puerta del portal que daba a la calle se cerraba, bajó a toda prisa para ver si la bici todavía continuaba allí. Al llegar al rellano, la bicicleta no estaba.

-Mierda. –Exclamó.

El siguiente pensamiento que cruzó su cabeza fue que había valido la pena. Había perdido su bici pero había ganado el resto de su vida. Tuvo la certeza que aquella chica era especial. Aunque eran jóvenes tuvo la certeza de que pasaría muchos años junto a esa mujer.

Días más tarde, el señor Verdinsky, un jubilado argentino que vivía en el segundo piso le dijo que había guardado su bici en el trastero al verla sin candado. Le dio las gracias y fue a comprobarlo. Allí estaba su bicicleta. La vida le pareció maravillosa.

 

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